domingo, 24 de abril de 2016

DECIR ADIÓS.

FOTO.  GOOGLE





El sonido de la cafetera me ha devuelto a la realidad. El camarero ajeno totalmente a mis pensamientos, intenta parecer agradable a pesar de que no hago ningún esfuerzo por agradecerle sus muestras de simpatía.

Este no es un buen momento ni para esto ni para nada.

Acabo de ingresar a mi padre y lo único que pretendo es tomarme un café en algún rincón para poder asimilarlo con tranquilidad.

Así que después de darle las gracias, me encamino hacia la mesa más lejana. La verdad es que el hombre tan solo intenta ser amable, a pesar del lugar en el que estamos. Realmente, no tiene la culpa de trabajar en la cafetería de un hospital.

Necesito un poco de sosiego; tan solo eso y esto lo pienso mientras observo a través del cristal cómo van llegando caras conocidas para mí, sin dejar de dar vueltas con la cucharilla dentro de la taza.

La verdad es que no tengo ganas de hablar con nadie.
No es momento para palabras.

Después de dar un sorbo, saco mi cartera para buscar la foto que me ha acompañado toda mi vida.
Es una imagen que nos tomaron a mi madre y a mí sin darnos cuenta. La hizo mi tía, porque, según ella, aquel momento se trataba de uno de los más importantes de nuestra vida.

En la imagen, me puedo ver al lado de mi madre de espaldas. Ella lleva el pelo suelto y un vestido estampado, mientras que yo, con pantalones cortos, le llego prácticamente por la cintura. Ella me coge la mano y tengo la otra levantada haciendo un gesto de despedida.

Si no recuerdo mal, creo que tengo cinco años y medio en ese momento.
En el fondo de la foto se puede ver todavía, a pesar de los años y de lo gastada que está, el culo del tráiler del camión de mi padre.
Aquella fue mi primera despedida y aún puedo recordar la expresión del rostro de mi madre, por mucho que ella se esforzara por disimular.

Fue, sin duda, la primera vez que dije adiós.
Después de eso, vinieron muchas despedidas más. Mi vida se convirtió en un ciclo en el que vivíamos sin él, esperando su regreso. Por eso mi obsesión por conseguir que a mis hijos no les pasara lo mismo.

Durante años vivimos todo tipo de situaciones sin dejar de sentir su ausencia, desde algún ingreso en el hospital por alguna rotura con su consecuente escayola, a un sinfín de cumpleaños sin él, a no recordar la sensación de tenerlo en casa a la hora de irme a la cama, a no jugar apenas algún partidillo o simplemente pasarnos la pelota, a que no me llevara a la barbería para acompañarme a cortarme el pelo, a no poder llamarlo alguna noche cualquiera cuando tenía pesadillas… la lista podría ser interminable.

Pero, aun así, él siempre regresaba y las escasas horas de las que disponíamos en las que no me separaba de él ni con una palanca, las disfrutaba al máximo; porque, aun siendo un niño sabía que él se esforzaba para que no tuviéramos ninguna necesidad; aunque, realmente, la verdadera necesidad fuera el vivir sin él.

La verdad es que me habría encantado llegar a casa cada tarde del colegio y que él hubiera estado allí; pero no pudo ser y por eso, nunca le di muestras a mi madre de nada. Por alguna razón mi instinto me decía que no debía hacerlo. Bastante tenían con luchar día a día por salir adelante.

Él devoraba kilómetros por nosotros con unas condiciones de trabajo que dejaban mucho que desear. Aun así, en ningún momento flaqueó ni nos demostró cómo vivía su soledad día tras día enroscada a un volante.
Mi padre es el hombre más valiente que he conocido.

Lo lamentable es que ha enfermado ahora que por fin se acaba de jubilar y puede disfrutar de la vida, y la triste ironía es que siento nostalgia al desear que ojalá estuviera viendo en este momento el culo de su tráiler alejándose por momentos.

Mientras pienso en esto, vuelvo a meter la fotografía con cuidado en mi cartera y me la guardo en el bolsillo interior de mi chaqueta, justo sobre mi corazón; porque acabo de ver cómo mi madre me busca con la mirada y es tan grande la sonrisa de felicidad en su rostro que despeja todas mis dudas.

El campeón tan solo ha hecho una pausa para repostar y coger fuerzas para continuar.
Y no puedo sentirme más orgulloso.

Luisa Sempere





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